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En la era de la información y la globalización, caracterizada por el cambio continuo, la complejidad creciente y la incertidumbre constante, los sistemas educativos tradicionales se revelan ineficaces: una titulación ya no garantiza una capacitación ni tan siquiera en el momento de ser obtenida porque en ese preciso instante ya se produce un desfase entre lo que uno ofrece y lo que demanda el mercado.

Progresivamente, y en el transcurso de ese continuo que ya se ha impuesto y que es el “aprendizaje para toda la vida”, los ciudadanos habrán de ir buscando y reinventando su perfil profesional, que mutará en virtud de la demanda, del contexto general y de lo que cada uno pueda ofrecer en cada contexto. Al igual que ocurre en el mercado, vamos hacia la “segmentación tipo 1” en la formación; un ciudadano, un perfil profesional.

¿Cuales son mis debilidades? ¿y mis fortalezas? ¿qué se y qué no sé? ¿que soy capaz de aprender y qué no? ¿qué soy capaz de aportar? ¿cual es mi potencial y en qué se basa? Todas estas cuestiones tendrán que ser resueltas individualmente por todos y cada uno de nosotros para así poder elegir la formación específica que necesitamos; una formación que, a su vez, nos pondrá en una nueva posición que nos obligará a volver a las preguntas iniciales. Y así en una dialéctica infinita entre formación y autoconocimiento, entre lo estructural y lo emocional, entre nuestras aptitudes (con p) y nuestras actitudes (con c).

Con el fin de la sociedad de consumo de masas (tal y como la conocíamos) se acabó también la formación para las masas: si bien habrá canales formativos generalizados, accesibles, múltiples y flexibles, en última instancia el factor diferenciador radical lo pondrá el individuo. El desarrollo personal, la autocrítica, la inteligencia emocional y una visión proactiva del futuro se convierten en elementos centrales; en definitiva, la capacidad para identificar defectos y potencialidades en el entorno y en uno mismo, así como para cambiar y crecer de forma adecuada, son clave para el posicionamiento profesional de un individuo.

En consecuencia, no se trata tanto de que los alumnos “aprendan” ,como de que “aprendan a aprender”: si partimos de la premisa irrefutable de que toda enseñanza técnica, tarde o temprano devendrá parcialmente obsoleta, caduca, irrelevante o incluso contraproducente, y por lo tanto no puede ser tomada como una verdad absoluta e inmutable, habremos de dotar, además de aptitudes instrumentales o técnicas, de capacidades actitudinales de observación y análisis. Unas capacidades emocionales desarrolladas a partir de la identificación y entrenamiento de nuestras potencialidades como seres humanos, para ponerlas al servicio de una función profesional creativa, equilibrada y eficiente. Las capacidades emocionales son clave para desarrollar una Cultura de la Innovación.


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